27 de junio de 2009

Life’s elections.

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Ser consciente de las situaciones que protagonizamos nos genera una mirada crítica, tanto destructiva como constructiva –si es que utilizamos como base la filosofía que predica el destruir como algo necesario para que ocurra la creación-, al igual que nos hace enfrentar la pregunta evidente, ahora que sabemos lo que sucede, qué hacemos para cambiarlo o para hacerlo perdurar en el tiempo, en el caso de ser algo satisfactorio. Esa inminente pregunta, es abrumadora cuando lo que necesitamos es cambiar algo negativo, sobre todo cuando uno nunca se caracterizó por tener una mirada positiva.

Ser conscientes de que es fundamental que actuemos para que podamos modificar lo que no nos gusta, o nos beneficia genera una nueva situación, o varias, dependiendo el poder de síntesis de la persona. Generalmente sabemos cómo actuar, qué cambiar, qué evitar o qué debe o no pasar; el problema real se presenta cuando, sabiendo las respuestas a estas preguntas, también sabes que todo esto escapa a vos, que no depende de uno mismo efectuar ese cambio. Y ahí resulta tan inútil ser consciente, porque te puede llevar a un estado indeseable. Cuando las cosas no pueden ser modificadas por nosotros, es cuando nos damos cuenta que no éramos lo suficientemente críticos al comienzo y que estamos dependiendo de alguien o algo más.

Nuevamente, y casi por obviedad, esta situación desencadena otra. Perdemos confianza en sí mismos cuando sabemos que podemos ser fácilmente manipulados por alguien más y más aún cuando nos sabemos dependientes de ese alguien. Cuando esta supuesta felicidad, ya no viene aparejada de nosotros mismos, ya no puede ser fabricada paso a paso por uno, sino que es necesaria la existencia de otra persona para poder llegar a ella, para desatarla o desencadenarla, llegas a sentirte un inepto total. No sólo se despiertan miedos y fobias para con los demás, sino también para con uno mismo, carece de sentido cualquier tipo de intento que nos haga pensar que somos libres, cuando estamos encadenados invisiblemente a esa situación que nos supera. Cuando perdemos ese sentido y el sentimiento que nos moviliza, la esperanza de que realmente nuestra acción sirve de algo, porque el mundo se encarga de restregarnos en la cara que nada de lo que queremos, necesitamos o deseamos puede llegar a cumplirse u ocurrir, hundirse en el pesimismo es una reacción típica.

Resulta molesto conocer gente hipócrita que todavía piensa en finales felices, en que existe el príncipe que se enfrenta al dragón para rescatar a su amada princesa. Es molesto conocer gente que todavía no reaccionó de que su existencia es efímera y vive su vida sin entender verdaderamente ni cómo ni porqué pasan las cosas, los que todavía piensan que vinieron de un repollo. Detesto esa superficialidad en el común de las personas, aunque por momentos envidio esa felicidad –también superflua- que trae aparejada la ignorancia, sin embargo, me resulta imposible de idealizar un camino semejante en cualquiera de las circunstancias.

Uno no elige ser feliz, en este caso, ignora que no lo es y esa razón resulta apta para serlo; esto me resulta casi tan patético como no haber sido lo suficientemente consiente en su momento de que estaba creando o aceptando el surgimiento de una dependencia. Entonces, esto trae como consecuencia una par de nuevas preguntas: ¿Qué resulta peor, ser ignorante o ser consciente? ¿La ignorancia realmente soluciona los problemas? Es decir, ¿como no lo ven, no lo sienten y por lo tanto no lo sufren? ¿Hasta qué grado esto puede ser beneficioso y hasta cuál perjudicial? ¿Si yo ignoro lo que me hace mal, por lo tanto no hay nada que modificar y por lo tanto el problema del que no depende de mí la solución deja de ser un problema antes de convertirse en uno? Entonces, ¿Si soy ignorante, no soy inepto?…¿O simplemente soy ambos? Si no distingo entre lo que me hace bien y lo que me hace mal, ¿por lo tanto no hay nada que tenga que solucionar? ¿Realmente esto evita que me convierta en un inepto?

Las respuestas son claras, pero son subjetivas. Puedo afirmar con seguridad que la ignorancia tiene graves consecuencias y que tampoco nos libra de ser inoperantes o ineptos. Sin embargo, ser conscientes de todo nos trae aparejado un sinfín de problemas y preocupaciones que lo único que aumentan son las ganas de finalizar la propia existencia.

El ignorante vive feliz y despreocupado, mientras que el consciente vive apesadumbrado y estresado. Al ignorante se le cargan las culpas de todo, al consciente no se le puede probar ningún cargo que no haya sido voluntario. El ignorante no se enferma de rabia, de impotencia ni de indignación; el consciente vive en terapia intensiva. El ignorante ignora que lo es, el consciente sabe que alguna vez lo fue y no puede equiparar el peso de los perfiles: ¿qué es peor, equivocarse por no saber -transformando a la ignorancia como la madre de todos los problemas- o equivocarse a sabiendas –detestando su nueva capacidad de ver y elegir- y deseando volver a ignorar? El ignorante actúa por impulso, como los animales y prueba que el humano también lo es –rompiendo con el círculo ególatra del ser humano-; el consciente medita profundamente cada acto antes de efectuarlo y quizás se lo llegue a creer como alguien frío y calculador.

Entonces, cada uno es libre de elegir quién puede ser, pero no es libre de cambiarlo. Una vez que se es consciente no se puede retornar a ser ignorante y si toda tu vida fuiste ignorante no sueñes con empezar a ser consciente, sería demasiada información para tu desacostumbrado-a-pensar cerebro.

Esa es la única verdadera y sentida determinación que podemos ser libres de tomar, el resto las ignoramos o escapan a nuestras manos –dependiendo de el resultado que hayamos elegido-. Esa es la pregunta ineludible a la que nos enfrentamos en algún momento de la búsqueda de nuestra identidad. Podemos ser egoístas y elegir ser felices; o podemos ser “heroicos” para cambiar lo poco que depende de nosotros, para buscar el bienestar de todos y terminar deseando que rápidamente podamos morir con todos los honores, como un héroe de guerra; de guerra, porque la vida es una lucha diaria, más o menos violenta, pero con una baja segura.

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